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El “Tío Puchericos”, alfarero de Villafeliche

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PuchericosPara llegar a Villafeliche, si vamos por la carretera de Madrid a Zaragoza (o la inversa, no nos acusen de centralistas), llegamos a Calatayud; sin hacer preguntas que puedan, con razón, importunar a los bilbilitanos, debemos desviarnos por la carretera N-234, en dirección a Teruel. Nos adentramos entonces en la vega del río Jiloca, que nos ofrece, después de los monótonos kilómetros de autovía, un paisaje repleto de frutales y huertos. Llegamos por fin a Villafeliche,  casi en la misma entrada del pueblo vemos la puerta que da acceso al antiguo alfar de José Martínez, “Puchericos”, donde, desde el primer momento, nos asalta la sensación de estar ante una personalidad creativa: por doquier vemos decoraciones hechas con cerámicas, piezas a las que se les ha dado un uso diferente del que tenían y otras curiosidades, como fuentes, jardineras o curiosos secaderos para los pucheros que allí se hacían.
Nos recibe José María, hijo de José Martínez “Pucherico”, que nos enseña el alfar, que nos enseña en viejo alfar, vibrante aún con la personalidad de su padre. Precisamente, esa personalidad hizo que fuera un personaje muy popular , no sólo en su pueblo, sino en toda la comarca. Aunque esto quizá se debía también a su afición por la música. Si la mayoría de los alfareros tenían que compaginar el trabajo con el barro con otras labores, el “Tío Puchericos” dedicaba el tiempo libre que le dejaba la alfarería a la música, lo que llegó a ser una actividad profesional, ya que acudía a las fiestas de los pueblos con su clarinete para tocar en las bandas que amenizaban las fiestas, bodas y bailes. Esta afición le llevo a ser muy conocido, incluso entre los estudiosos de la música popular, que en alguna ocasión grabaron su música popular (como el “chispún”, de Villafeliche, o el bolero de San Gregorio, de Murero).

Puchericos

José María nos cuenta la historia de la alfarería de su padre, que antes de instalarse definitivamente en Villafeliche, tuvo varias intentos de instalarse en Almonacid de la Sierra y en Teca. En una primera época, cuando ya tenían un horno, alguien del pueblo le habló de la existencia de un horno antiguo, enterrado, del que sólo quedaba la parte de abajo, la “fogaina”, donde se echaba la leña. José Martínez reconstruyó la parte de arriba del horno con adobes triangulares, hechos así para dar la forma circular del horno, a diferencia de otros hornos, este lo construyeron con la bóveda cerrada, lo que siempre ayuda a llegar más rápido a la temperatura de cocción. Este horno se coció durante décadas una vez al mes, en cocciones que duraban unas catorce horas.
El barro lo hacían mezclando el de tres sitios diferentes para conseguir la mezcla óptima. Primero se machacaba con la “majadera”, se mezclaba con agua y, después de pasar por un tamiz, se echaba a la balsa, donde se secaba lo suficiente para poder utilizarlo en el torno.
la leña que se utilizaba eran la aliaga, un matorral que crece en el monte y que ha sido muy utilizado para todo tipo de hornos, por su rápida y viva combustión. Esta leña se compraba o, más a menudo, se cambiaba por pucheros. En la zona de Villafeliche no era fácil encontrar leña, por lo que debían traerla desde lejos, a lomos de caballerías, en viajes que solían durar más de un día.
Los esmaltes se hacían con el plomo de Linares, como en tantos alfares de España. Además de la cerámica de basto, destinada a la cocina, también se hacía en la zona cerámica para enviar a Teruel y bizcocho que sería decorado posteriormente en otros centros cerámicos más conocidos. Durante los años sesenta bajo la demanda de piezas de cocina y de agua, hasta llegar a ser casi anecdótica, destinada únicamente a decoración, a pesar de eso, algunos alfareros siguieron haciendo su trabajo habitual. Y es que en Villafeliche, cada alfarero estaba especializado en un tipo de cacharros, y es evidente cual era el de “Puchericos”.

Puchericos

José Martínez hacía sus pucheros para cocinar, que quizá aguantaron mejor que otros tipos de alfarería la invasión de otros materiales. Y los hacía de todos los tipos que pueda uno imaginarse: los había para cocinar en la lumbre, como el “boliche”, el “veintidoseno” o el “miajero”; algunos realmente especializados en su función, como el “viudo”, un puchero pequeño en el que hacer comida para una persona sola, o el “presero”, utilizado para hacer caldo para las embarazadas. En estos pucheros se cocinaba y también se comía, como en el llamado “de a dós”, o en el “veintidoseno”, que nos cuentan que se utilizaba para las sopas de ajo. También se hacían horzas para conservar alimentos, coladores, lebrillos o tarteras para asar, entre otras muchas piezas funcionales. Además de otras no tan funcionales, como la jarra de trampa. Tiempo atrás era tradicional decorar la cerámica con motivos pintados con óxidos, flores, cenefas o simples trazos a pincel. José Martínez Villarmín apenas utilizó estas decoraciones, aunque incluyo incisiones, nombres y elementos modelados. También es de destacar la incorporación de formas ajenas a la tradición de la zona, como botijos de nevera y otros adaptados de la alfarería que se importaba de otras zonas de España, como de Levante, además de otras como bebederos y comederos de animales.
En el caso de José Martínez, “Tío Puchericos”, a todas estas piezas hay que añadir “sus piezas”, las que hacía para su propio divertimento o para decorar su casa o alfarería. Entre estas piezas encontramos figuras de animales, figuras humanas, grotescas, satíricas, escatológicas o religiosas. Podríamos destacar una variedad de figuras fálicas (por cierto muy habituales entre los alfareros de todo el mundo) o las figuras de Santa Justa y Santa Rufina, patronas de los alfareros, que “Puchericos” interpreto a su modo.

Puchericos

Todo este mundo quedó en suspenso con la muerte, en 1996, de este personaje peculiar y maravilloso que fue el “Tío Puchericos”, aunque su hijo lucha por mantener el alfar en el mejor estado posible, con las mesas abarrotadas de cacharros y recuerdos de su padre, en espera de un posible museo de la alfarería en el pueblo, que se espera se instale a pocos metros, por lo que podría integrarse el taller de “Puchericos” en las visitas que se hagan a este museo, que de momento es un proyecto, pero que esperamos se vea realizado.

Y mientras, la alfarería de la zona siguió su curso sin el “tío Puchericos”, languideciendo o transformándose; en las fiestas de los pueblos se cambió el clarinete por el sintetizador, y, en el mundo de lo políticamente correcto, quizá haya quien se escandalice con las diversiones ingenuas de un hombre que no se conformó con hacer pucheros, y se atrevió incluso a hacer figuras de curas que escondían algo más bajo la sotana…

Wladimir Vivas. Publicado en “Infoceramica” (Revista Cerámica)

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