Hora del té: el humilde placer de una taza hecha a mano

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Cerámica de Anne Mette Hjortshøj

Tazas de la ceramista danesa Anne Mette Hjortshøj

Este artículo, sobre el placer de tomar té en nuestra taza hecha a mano por nuestro ceramista favorito, se publicó en la revista editada por la Galería Goldmark, de Reino Unido, lo que nos aporta la visión, netamente británica, de las delicias de la «hora del té»

Hora del té: el humilde placer de una taza hecha a mano

En su publicación de 1975 The Philosophy of Andy Warhol, Warhol escribió sobre la Coca-Cola como un ícono del igualitarismo de los consumidores: —»Lo que es genial de este país es que Estados Unidos comenzó una tradición en la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo la televisión y ves el logo de Coca-Cola, y sabes que el Presidente bebe Coca Cola, Liz Taylor bebe Coca Cola, y, simplemente piensas que tú también puedes beber Coca Cola. Una Coca Cola es una Coca Cola, y ninguna cantidad de dinero puede conseguir una Coca Cola mejor que la que el mendigo de la esquina está bebiendo».

Cerámica de Lisa Hammond

Taza y tetera de Lisa Hammond

Si Warhol hubiera sido británico, bien podría haber dicho lo mismo del té. Por supuesto, una bebida lechosa con una cuchara grasienta no es exactamente lo mismo que un té en el Castillo de Windsor (a diferencia de la Coca Cola, no todo el té es igual). Sin embargo, la analogía es que el té se ha convertido, al menos en el Reino Unido, en algo así como un denominador común, un nivelador cultural en una sociedad que todavía está plagada de nociones de clase: al fin y al cabo, a todo el mundo le gusta una taza de té.

Sirviento el té con una tetera de Anne Mette Hjortshøj y un "yunomi" de Phil Rogers

Sirviento el té con una tetera de Anne Mette Hjortshøj y un «yunomi» de Phil Rogers

Al igual que en Japón —cuyo carácter nacional parece ser curiosamente similar y, al mismo tiempo, muy diferente al nuestro— los británicos hemos construido un sentido ritual en torno a nuestro amor por el té. A diferencia de los japoneses, para quienes este ritual tiene un significado casi espiritual, una exploración filosófica de la impermanencia de la vida y el mundo natural, facilitada a través de una serie de movimientos precisos, tan libres como exactos; el nuestro se basa en la premisa básica de que casi toda la interacción humana, social o de otro tipo, es innata e intensamente incómoda. Ya sea que se trate de un fontanero conversando contigo mientras arregla una fuga o alguien que está de visita, sentado en silencio en el sofá, el rompehielos instintivo es siempre el mismo: «Oye, ¿quieres una taza de té?»

Tazas de Walter Keeler

Tazas de gres salino realizadas por Walter Keeler

Es fácil trivializar sobre el hecho de que los británicos recurran a las bebidas calientes como una cura para todo -—y es cierto que nos encanta parodiar nuestro absurdo amor por el té, al igual que nuestra preocupación por el clima—, pero habla de un espíritu acogedor, de horpitalidad, lo que parece más importante que nunca en un momento en que las mentalidades más cerradas nos dice que demos un portazo a quienes tienen más problemas que nosotros.

En la antigua cultura griega, la hospitalidad se consideraba una obligación sagrada, una relación bidireccional en la que el anfitrión y el huésped estaban vinculados por el respeto mutuo. Tan importantes eran sus códigos, que era un vínculo supervisado y garantizado por el todopoderoso Zeus, padre de los dioses. Aunque me gustaría pensar que tenemos una actitud algo más relajada, esos valores fundamentales de amabilidad, generosidad y compasión son, como una buena taza de té, dignos de ser apreciados.

Mike Dodd con una de sus tazas

El ceramista Mike Dodd sostiene una de sus características tazas con esmalte de porfirio

Por lo tanto, tomamos té, pero ¿donde lo servimos? De las muchas formas de cerámica que pueden enriquecer la vida cotidiana, pocas son tan humildes y enriquecedoras como una taza hecha a mano para el té. En el último recuento, había más de treinta en mis armarios, más de la mitad por una sola ceramista (la brillante Anne Mette Hjortshøj, por si le interersa…) A pesar de parecer un número absurdo, creo que, sin intentarlo conscientemente, todas y cada una de ellas se utilizan de forma regular.

Hay un placer sencillo en la rotación diaria en el uso de las tazas; ligeras variaciones en la sensación que produce el asa al adaptarse a la forma del dedo, o el borde de la taza que coincide con tu labio. Incluso los cambios más sutiles afectan a la forma en que coloco la taza en mi mano izquierda: un día una taza nutre y calienta, suplica ser acunada; al siguiente, una nueva llegada exige postura y atención para una infusión bien cargada con la que quitarse las telarañas después de una noche inquieta. Con el tiempo, ciertas tazas parecen incluso cambiar el sabor del té, algo que incluso los que no usan cerámica hecha a mano pueden atestiguar cuando beben en su taza favorita.

Tazas y tetera de Anne Mette Hjortshøj

Tazas y tetera de esmalte salino de Anne Mette Hjortshøj

Si las tazas hechas al torno traen una especie de suerte de satisfacción a la rutina diaria del té de la mañana y la tarde, una tetera hecha a mano eleva esos momentos a algo deliciosamente especial. Las teteras son las favoritas entre los ceramistas: sus componentes ensamblados, desde el asa hasta el pico, la tapa y el cuerpo, ofrecen una reinvención y una infinita posibilidad de combinaciones, una sensación de posibilidades creativas que ceramistas como Walter Keeler han destacado especialmente.

Algo de su propia peculiaridad –la disposición única de elementos variados– da a su uso una maravillosa sensación de ocasión (incluso si la ocasión es solo una tetera para dos en una tarde lluviosa). Para sus creadores, también pueden ser una fuente de frustración eterna: la tetera requiere no solo habilidad al torno, sino también una comprensión de la física, un equilibrio de pesos y ángulos que permite que el agua hirviendo se vierta con facilidad y sin salpicar a un usuario desprevenido. Requiere una exquisitez de diseño del que carecen incluso la mayoría de las teteras producidas industrialmente; encontrar un buen ‘vertedor’ es una rareza, un signo de verdadera artesanía.

Tetera de Walter Keeler

Tetera con esmalte color crema de Walter Keeler

El té y la buena cerámica han ido de la mano desde que llegaron a nuestras costas hace unos cuatrocientos años, las hojas chinas se empaquetaban junto a las teteras importadas que formaron el desarrollo de la cerámica británica a lo largo de los siguientes siglos. Sigue siendo uno de los lujos más accesibles que tenemos disponibles: qué mejor que disfrutar de una taza de té en compañía de un amigo.

Puedes leer la versión original en discover.goldmarkart.com/tea-ceramics-handmade-mug

Selección de piezas para el té en la Galería Goldmark

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Infocerámica agradece a Goldmark Gallery la ayuda prestada para la publicación de este artículo. En su versión origianal no está firmado, por lo que la autoría es Goldmark Gallery

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