
El pasado fin de semana del 27 al 29 de abril hicimos en Pelahustán (Toledo) una cocción de leña en nuestro horno de tipo “anagama”; fue una cocción corta, de unas treinta horas realizada entre amigos que estuvo, como suele ocurrir en este tipo de hornos, llena de sorpresas, emociones, humo y fuego. En esta ocasión nos acompañó Andrea Tenorio que, además de ceramista, es una gran fotógrafa
El poder del fuego y la comunidad
Fotos: Andrea Tenorio – Texto: Wladimir Vivas
En alguna ocasión he utilizado el término “acompañamiento” para definir algo que ocurre cuando utilizas hornos de leña, porque en este tipo de cocciones no dejas las piezas solas ni un momento, no programas la curva o enciendes el horno y te despides de las piezas hasta el día siguiente. Cuando cueces un horno de leña eres consciente de cada grado centígrado que sube o baja la temperatura, y vas viendo por las mirillas como se transforman las piezas, como se cubren primero de carbonilla, como se limpia después, como poco a poco se va depositando ceniza en la superficie y como, después de muchas horas, esta ceniza se funde.
También es normal asistir a algún imprevisto (siempre ocurre): una pieza se cae sobre la que tiene al lado, se pega o chorrea el esmalte sobre otra. Y esta bien que ocurran estas sorpresas, que no siempre son malas y, en algunas ocasiones, te deparan uno de esos regalos que solo las cocciones de leña te dan (es lo que en Japón denominan Yōhen: los imprevistos que hacen que una pieza sea especial).
Este horno lo construimos hace años y, aunque no es el clásico “anagama” con forma de ballena ni tiene grandes dimensiones, se cuece y proporciona los resultados de un anagama y tiene una sola cámara que comparten las piezas y la cámara de combustión.
Este horno fue construido a la medida de nuestras necesidades. La mayor desventaja de los grandes hornos de leña es que es muy difícil poder cocerlos a menudo, por lo que optamos por hacer un horno más pequeño. Obviamente el problema de reducir la escala es que es demasiado incómodo meterte dentro del horno a cargarlo, por lo que nuestra solución fue que se puede abrir la “tapa” superior. Esto da un horno de tipo “Anagama” pero muy estrecho y largo (4 metros), lo que hace que tenga mucho tiro, y que las llamas y la ceniza lleguen desde la boca de carga hasta el último rincón del horno sin necesidad de cargas de leña laterales.
Con esto conseguimos que nuestro extraño horno “anagama-tubo” lo pueda manejar una sola persona por turno, por lo que resulta cómodo de cocer incluso solo entre dos personas. La ventaja adicional de poder hacer cocciones más a menudo es que se acortan los tiempos de experimentación y evolución de pastas, esmaltes o técnicas de cocción.
En esta ocasión compartimos la cocción con nuestros amigos de Alaría (Alba, Kevin y Andrea) y con Aniana Heras, también había piezas de Vladimir de la Rosa, aunque no pudo participar en la cocción. Unos días llenos de emoción, cerámica, charlas y comunidad, la otra gran ventaja de este tipo de cocciones.
El equipo casi al completo desempaquetando las piezas de cerámica que irán al horno (Foto: Aniana)
Alba María Gómez cargando el horno ante la mirada de Vladimir de la Rosa (a la izquierda) y Kevin Recuero.
El horno ya encendido a unos 900 ºC.
Pieza de Aniana Heras.
Vista desde la boca de carga de la leña. Las primeras piezas son las más expuestas, algunas de ellas no llegarían enteras al final de la cocción
Se suelen cargar incluso piezas en el cenicero.
Conos 10 y 11 caídos. En estos hornos todo es un poco relativo, pero se puede suponer que estamos a unos 1.300 ºC

Y esto es lo que encontramos al abrir el horno

Finalmente, después de un par de días entre carga u cocción, llega el momento esperado

En esta cocción ha habido muchas pieza sin esmalte, como esta de Andrea Tenorio, en la que puede verse el efecto de la ceniza natural producida por la propia cocción

Detalle de una pieza de Andrea en la que puede verse la maravilla del efecto de esmaltado natural de las cenizas “voladoras”

Pieza de Vladimir de la Rosa en la que podemos apreciar el resultado cuando se mezcla el esmalte aplicado en la pieza con las cenizas naturales de la cocción

Señalando los extraordinarios matices y colores de una pieza de Wladimir Vivas, cocida sin esmaltes directamente en el cenicero del horno (se puede ver en otra foto más arriba, semienterrada en las cenizas y ascuas).

En estas piezas se puede comprobar como las diferentes pastas dan diferentes resultados, en este caso tiene más hierro, que puede verse en el moteado

Pieza de Alba María con un precioso efecto de llama, conocido como “flashing”

Impresionante efecto de acumulación de ceniza muy localizada sobre una pasta de gres (PRAI)

Kevin observando una preciosa pieza de Vladimir de la Rosa con esmalte y una “aguada” de cobalto

En esta pieza de Andrea se puede ver el efecto conseguido de forma programada (no todo es azar en los hornos de leña)

Aniana Heras con su pieza completamente vidriada gracias a las cenizas

Otro tipo de pasta cerámica y otros resultados completamente diferentes en esta pieza de Kevin Recuero
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