Jacopo Cucci

by Infocerámica

Pieza de cerámica de Jacopo Cucci

Jacopo Cucci comparte en este artículo sus experiencias vividas cuando decidió hacer una residencia artística en Nueva Zelanda, y cómo consiguió continuar con sus experimentaciones en torno a los materiales encontrados en la naturaleza, las llamadas “Wild clays” (arcillas salvajes) y las cocciones de leña

Buscando barros por el mundo

Jacopo Cucci

 

Todo comenzó en un mercado en Florencia. Un hombre se acercó a mi puesto y dijo: “Hola, soy Riccardo, de Driving Creek Pottery, en Nueva Zelanda. Deberías solicitar nuestra residencia”. Tras pensarlo un poco, lo hice, y un año después estaba subiendo a mi primer vuelo intercontinental.

La experiencia fue extraordinaria en todos los sentidos: me enamoré del paisaje, de la gente y del lugar. Su historia es fascinante: Barry Brickell (1935–2016) sintió desde siempre una profunda atracción tanto por los trenes de vapor como por la arcilla. “Con eso no se come”, le dijeron sus padres, así que fue a la universidad y acabó trabajando como profesor. Sin embargo, apenas duró unos meses en un empleo convencional antes de comprender que aquel no era su camino. Durante ese tiempo, eso sí, se había enamorado del lugar al que se había trasladado: Coromandel. Tras dejar la enseñanza, adquirió un terreno rico en arcillas y cercano al mar —ideal para el transporte de las piezas— y comenzó a levantar su taller desde cero.

La tierra que habitaba había sido en otro tiempo un bosque de kauris, árboles monumentales, antiguos y majestuosos, prácticamente exterminados por el alto valor de su madera. Cuando Barry compró la propiedad, era un simple pasto para ovejas. Estudió biología y emprendió una reforestación paciente: primero cientos, luego miles de plantas y árboles autóctonos, recreando lentamente el ecosistema original. Para el visitante actual, la experiencia resulta profundamente conmovedora: estar rodeado de especies nativas y ancestrales, sabiendo que cada ejemplar fue plantado por un solo hombre a lo largo de su vida.

En el siglo XIX hubo también actividad minera en la zona, hoy en gran parte abandonada. Brickell recuperó raíles y chatarra, y construyó un pequeño ferrocarril para acceder a los yacimientos de arcilla y a la madera necesaria para los hornos. Sobre esas vías circulaba una locomotora de vapor construida por él mismo.

Con las materias primas al alcance, el siguiente paso era evidente: el horno. Así, Barry Brickell construyó el primer horno de leña de alta temperatura de Nueva Zelanda. Hoy, el visitante se encuentra rodeado de una diversidad de hornos: algunos en ruinas, otros en desuso, otros activos, algunos nuevos y otros aún por construir, pero ya presentes en la imaginación del equipo de Driving Creek. Esa superposición de tiempos funciona como una metáfora elocuente de la vitalidad del lugar.

Horno de leña de llama invertida.

La producción cerámica comenzó pronto, y Barry vendía las piezas que trasladaba por barco a Auckland. Su obra se centraba en objetos de uso cotidiano y vajilla, aunque también disfrutaba creando grandes formas escultóricas, sinuosas, que aún hoy salpican el entorno del taller.

Mientras tanto, el ferrocarril seguía creciendo, enfrentándose a desafíos técnicos y a un trabajo ingente, hasta alcanzar la cima de la colina, donde construyó la “Eyefull Tower”, un mirador excepcional desde el que se contemplan la selva regenerada, el océano y las islas que emergen en el horizonte.

El tren se hizo tan popular que visitantes de todo el país comenzaron a acudir para recorrerlo. Hoy es la principal atracción de Driving Creek, con cientos de personas subiendo cada día. Para profundizar en la figura de Brickell y en la historia del lugar, recomiendo títulos como Barry Brickell: A Head of Steam, de C. Leov-Lealand; His Own Steam: The Work of Barry Brickell, de D. Craig y G. O’Brien; y Playing with Fire, de P. Lange y S. Newby.

El taller sigue en funcionamiento, produciendo una amplia gama de piezas utilitarias. El programa de residencias artísticas está en pleno auge, con creadores llegados de todo el mundo. Para participar es necesario presentar una solicitud detallando objetivos y necesidades. Una vez aceptado, el residente dispone de alojamiento gratuito, cocina compartida y un estudio equipado con tornos, herramientas y todo lo necesario. La arcilla y las cocciones (eléctricas, de gas y de leña) se abonan aparte, con tarifas claras y un equipo siempre dispuesto a ayudar. Actualmente no se contempla la posibilidad de exponer o vender al finalizar la residencia, aunque esto podría cambiar en el futuro.

Mi planteamiento era sencillo: trabajar exclusivamente con materiales recolectados in situ y dejar que el entorno influyera en mi producción. Y así fue. Incorporé decoraciones inspiradas en plantas y animales, incidiendo sobre la arcilla blanda con herramientas de madera o metal, algo poco habitual en mi práctica, pero irresistible en ese contexto. Trabajé principalmente en torno, tanto eléctrico como de pedal tipo Leach, profundizando en una idea de ejecución rápida e inmediata, con mínima intervención posterior, para preservar la energía del gesto. Las piezas se sitúan dentro de mi repertorio habitual, muy vinculado al universo del té: teteras, tazas y *chawan*, junto a jarrones, platos y jarras.

También me inspiré en las innumerables piezas de Barry presentes en todo el recinto. Algunas jarras con motivos zoomorfos captaron especialmente mi atención, y me llevaron a desarrollar mis propias versiones de recipientes vertedores con rasgos animales.

Varias de las formas que inicié durante la residencia continúan hoy en proceso de desarrollo. Los materiales locales, de gran riqueza y belleza, jugaron un papel determinante. Recuerdo especialmente encontrar una piedra incrustada en la arcilla mientras torneaba un cuenco en el torno Leach: decidí conservarla como parte integral de la pieza.

Trabajé con tres tipos de arcilla y utilicé una combinación de cenizas y esmalte shino. La cocción final tuvo lugar en un horno de leña tipo Phoenix fast-fire, con aportes de sal para enriquecer los efectos superficiales. Algunas piezas fueron sometidas a hikidashi, extrayéndolas del horno en plena cocción y colocándolas en atmósfera reductora para obtener negros profundos.

El proceso de cocción, la preparación y pruebas de esmaltes, la recolección de materiales y gran parte de la exploración del territorio la realicé junto a Ellie Woods, a quien agradezco profundamente su colaboración.

Durante los dos días de enfriamiento del horno decidimos alejarnos del taller —la tentación de abrirlo antes de tiempo era demasiado fuerte— y aprovechar para explorar la zona y visitar a otros ceramistas. Nuestra primera parada fue en Auckland, donde visitamos una excelente exposición en Public Record: Star Jumps, con obra de Riccardo Scott, Thomas Baker y Scott Brough.

Después nos dirigimos a Auckland Studio Potters, donde conocimos a Ronald Boersen, un ceramista y docente de gran generosidad. Al día siguiente visitamos a Elena Renker, quien nos abrió su estudio y compartió reflexiones sobre hornos, procesos y esmaltes en una conversación sumamente enriquecedora.

Por la tarde nos desplazamos al taller de Duncan Shearer, maestro constructor de hornos y especialista en cocciones de leña y soda, que junto a su esposa Charade Honey realiza un trabajo notable. Según nos contaron, ha construido la mayoría de los hornos de leña que vimos en Nueva Zelanda.

A pesar del tiempo limitado, hicimos una última visita que resultó inolvidable: Tarariki Pottery, el espacio de Mike O’Donnell. Un lugar singular, rodeado de agua, elemento central en su concepción del vínculo con la naturaleza y la cultura indígena de la isla. En sus palabras: “pide agua, pide arcilla, conserva la semilla”.

Tras ese intenso fin de semana, regresamos a Driving Creek para abrir el horno, situado en una zona central junto a la vía del tren, donde se congregan los visitantes. Abrir un horno ante decenas de espectadores fue una experiencia inédita para mí. La cocción fue satisfactoria: decenas de piezas que condensaban un mes de trabajo, esfuerzo, experimentación, incertidumbre, alegría, amistad y, en definitiva, amor por la cerámica.

Como gesto final, dejé algunas piezas a lo largo del recorrido del tren: algunas visibles, otras ocultas. Si alguien las encuentra, me encantaría ver cómo dialogan con la vegetación en crecimiento.

La despedida fue difícil, suavizada solo por la esperanza de que no fuera un adiós definitivo. Tras la cocción, vendí algunas piezas en el propio taller, algo que me pareció especialmente coherente: que permanecieran en el lugar donde habían nacido. Otras viajaron conmigo en la maleta, y algunas fueron enviadas a Italia. Una selección está disponible en la sección de tienda de mi página web.

Mi agradecimiento a todo el equipo de Driving Creek, en especial a Riccardo, Alex, Matilda, Callum y Sam, por una experiencia inolvidable. Hasta pronto.

Nota: este texto ha sido escrito sin el uso de inteligencia artificial; cualquier error es responsabilidad exclusiva del autor.


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Se prohíbe el uso de texto y las imágenes de este artículo, que se publican en Infoceramica exclusivamente para la promoción de la obra del artista, queda prohibida su reproducción sin permiso expreso. Infoceramica agradece a Jacopo Cucci por la ayuda prestada para la realización de este artículo.


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