
El anterior artículo de Magali Kivatinetz hablaba sobre el proyecto de construcción de un horno “anagama” en las instalaciones de MK Pottery, en la sierra del Montseny, Barcelona. Esa idea es ya una realidad, y el horno construido por el maestro japonés Taiga Mori solo espera que pase el verano para convertirse en un centro de encuentro para los amantes de las cocciones de leña
De Bizen a Can Brull
Por Magali Kivatinetz (MK Pottery Studio)
Cuando viajé por primera vez a Bizen pensaba que iba a aprender cerámica. Nunca imaginé que aquel viaje terminaría cambiando el rumbo de mi vida. Volví una y otra vez a esa pequeña ciudad de la prefectura de Okayama. Al principio viajaba para aprender técnicas y participar en cocciones de leña. Con el tiempo empecé a volver por otras razones. Ya no solo iba a trabajar y llevar gente a hacer cerámica, sino por las conversaciones alrededor del fuego, por las largas jornadas alimentando el horno, por las comidas compartidas y por una forma de entender este oficio muy distinta a todo lo que había conocido.
En Bizen conocí a Taiga Mori, quien con el tiempo me acogió como aprendiz, luego como socia y cómplice. A menudo me preguntan qué aprendí exactamente en Japón. La respuesta fácil sería hablar de hornos, arcillas o temperaturas. Pero, si soy sincera, lo más importante que aprendí allí no tenía que ver con la cerámica, sino con las personas: que un horno nunca es el resultado del trabajo de una sola persona, que construirlo exige paciencia, confianza y una enorme capacidad para escuchar, y que cuando aparecen los problemas —porque siempre aparecen— la pregunta nunca debería ser quién tiene razón, sino qué necesita el horno. Las tradiciones no sobreviven porque alguien las conserve intactas, sino porque hay quien las comparte con generosidad y quien las recibe con el mismo respeto.
Durante mucho tiempo pensé que lo más valioso que traía de Japón era lo que había aprendido. Hoy creo que lo que realmente regresaba conmigo eran las personas.
La idea de construir un anagama en Can Brull, mi casa y mi taller en el Montseny, nació mucho antes de que existiera un plano o una fecha para empezar la obra. Nació de la relación que se fue construyendo con Taiga a lo largo de los años y del deseo de que ese conocimiento pudiera seguir creciendo lejos de Bizen, sin copiarlo, dejando que encontrara aquí una forma propia de existir.
Mientras esa idea tomaba forma, había otra historia en paralelo, aunque yo aún no lo supiera. En Alemania, Frank Richter llevaba años construyendo hornos de leña. Nuestras vidas avanzaban por caminos distintos hasta que, un día, se cruzaron. Con Frank tuve una sensación parecida a la que había tenido con Taiga: trayectorias completamente diferentes, pero una misma humildad frente al trabajo. Ninguno necesitaba demostrar que sabía más que el otro. Ambos observaban antes de hablar, escuchaban antes de decidir y eran capaces de cambiar de opinión si la situación lo pedía. Con el tiempo comprendí que esa manera de trabajar importaba mucho más que cualquier conocimiento técnico.
Mirando atrás, creo que Kujiragama empezó a construirse mucho antes del primer ladrillo: empezó cuando esas dos personas aceptaron confiar en mí, y yo en ellas.
El proyecto se sostenía sobre tres pilares mucho antes de sostenerse sobre sus propios ladrillos: la tradición de más de mil años que Taiga traía de Bizen, la experiencia técnica de Frank para convertir esa tradición en un horno capaz de vivir aquí, con otros materiales y otro paisaje, y los puentes que yo llevaba años tendiendo entre personas y mundos. Si cualquiera de los tres hubiera faltado, Kujiragama probablemente nunca habría existido.
Pero este horno no se construyó solo entre nosotros tres, sino gracias a todas las personas que decidieron reunirse en Can Brull y confiar en que aquello podía hacerse realidad. Todo empezó una mañana de marzo, cuando Taiga, Eito y Fumi llegaron desde Japón y, junto a ellos, personas de distintos lugares del mundo comenzaron a dar forma a Kujiragama.
Los primeros días me descubrí observando a Taiga y a Frank casi tanto como al horno. Nunca había visto a Taiga compartir una obra de esta magnitud con alguien ajeno a la tradición de Bizen y tenía curiosidad por ese encuentro. No tardé en darme cuenta de que hablaban el mismo idioma, aunque apenas compartieran unas palabras: bastaban un gesto, un dibujo sobre un ladrillo o unos minutos de silencio frente a la bóveda para que ambos llegaran a la misma conclusión.
Los vi muchas veces de pie frente al horno, mirando la misma hilera de ladrillos sin decir nada durante varios minutos. Al principio pensé que no ocurría nada. Con el tiempo entendí que aquellas eran, probablemente, las conversaciones más importantes sobre el horno.
El pueblo que nació alrededor de un horno
Si algo aprendí durante aquellas semanas es que un anagama no se construye solamente con ladrillos. Cada mañana, hacia las ocho y media, Can Brull empezaba a desperezarse. Poco a poco todos íbamos apareciendo en la plaza central, café o té en mano. Hacia las diez llegaban los participantes del curso, algunos cada día desde Barcelona, otros ya instalados en una masía cercana porque en Can Brull no cabíamos todos. Nadie se conocía antes de llegar —edades, profesiones y países distintos—, pero bastaron pocos días para que dejáramos de ser un grupo de desconocidos.
Antes de tocar un ladrillo, Fumi-san nos reunía para una breve rutina de calentamiento japonés. Durante unos minutos estirábamos el cuerpo mientras nos reíamos intentando seguir los movimientos. No parecía gran cosa, pero era una manera de decirnos, sin palabras, que el día empezaba juntos.
Después llegaba el trabajo real: mover más de tres mil ladrillos en una cadena humana interminable, de mano en mano hasta su sitio. Y luego estaba el mortero —todavía nos reímos diciendo que Taiga debía desayunarlo con cuchara porque era imposible calcular cuánto iba a necesitar. Cada pocos días nos encontrábamos otra vez comprando más sacos mientras él, con absoluta tranquilidad, seguía levantando paredes como si el mortero brotara de la tierra. Mientras tanto Frank y Eito pasaban horas cortando ladrillos con una paciencia que sigo sin entender, cada pieza encajando exactamente donde debía.
Mis perros daban vueltas por la obra: Lola opinando de todo a ladridos y Ozzy usando las pilas de ladrillos como parque de aventuras. Nunca hubo una separación clara entre la construcción y la vida en Can Brull.

Los días empezaron a parecerse: la misma rutina, trabajo hasta que caía la luz y una mesa que, sin darnos cuenta, cada semana era un poco más grande. Las conversaciones dejaron de girar solo alrededor del horno: se hablaba de Japón, de Alemania, de Cataluña y de Argentina; de cerámica, pero también de música, de hijos, de recetas y de viajes, mientras alguien preparaba la cena o lavaba los platos.
Fue entonces cuando entendí algo que no había previsto. Hasta ese momento siempre pensé en Kujiragama como mi proyecto. Pero un día, observando a la gente trabajar, comprendí que ya no me pertenecía solo a mí, sino a todos. Y no porque estuviera perdiendo el control: al contrario, estaba encontrando su propio ritmo. Cada persona dejaba una huella distinta —quien resolvía un problema técnico, quien hacía reír al grupo tras un día agotador, quien preparaba el café antes de que despertáramos—. Nada de eso figuraba en los planos y, sin embargo, todo contribuía a construirlo.
Mi sueño nunca había sido solo construir un horno. Había sido crear una comunidad. Y, por primera vez, comprendí que ambas cosas estaban naciendo al mismo tiempo.
Cuando el horno se sostuvo por sí mismo
Hay un momento en toda construcción en que uno deja de imaginar el resultado y se enfrenta, por primera vez, a lo que realmente ha construido. Para nosotros, llegó unos días después de que Eito y Fumi regresaran a Japón.
La bóveda había sido levantada sobre una estructura de madera que la sostuvo mientras el mortero secaba y cada arco encontraba su lugar. Cuando llegó el momento, Taiga, Frank, uno de los voluntarios y yo encendimos el fuego que consumiría aquella estructura. No era una cocción. Era el momento en que el horno tendría que sostenerse por sí mismo. Esperamos con una mezcla de ilusión y nervios. Solo cuando la madera terminó de consumirse y el horno se enfrió pudimos entrar. Caminamos despacio, casi en silencio, observando las paredes y la curva de la bóveda. Después de tantas semanas viéndolo desde fuera, entre andamios y herramientas, impresionaba descubrir por fin su interior. Por primera vez estábamos dentro de Kujiragama.
La decisión más difícil
Mientras trabajábamos en los últimos acabados, Taiga, Frank y yo pasábamos mucho tiempo observando la bóveda con la calma de un trabajo que ya parece terminado. Poco a poco aparecieron señales que nos inquietaban: al desaparecer la estructura de madera, el exceso de mortero había dejado al descubierto separaciones entre algunos ladrillos mayores de lo que deberían. Aisladas, aquellas separaciones no parecían graves. Juntas, empezaban a formular una pregunta incómoda: ¿Y si la bóveda no estaba bien?
Todo ocurría, además, en un momento delicado: había llegado la hora de que Taiga regresara a Japón. Invitamos a una persona con experiencia en hornos similares para trabajar unos días con Frank y conmigo. Cuando Kujiragama alcanzara temperaturas cercanas a los 1.300 grados, aquellas separaciones podían convertirse en un problema estructural.
Costaba aceptarlo: habíamos dedicado semanas a levantar la bóveda y decenas de personas habían participado. Cada ladrillo llevaba detrás horas de trabajo compartido. Sin embargo, nunca hubo una conversación sobre culpables; la única pregunta era qué era lo mejor para el horno.
Llamé a Taiga y le expliqué lo que habíamos visto. Escuchó con atención y su respuesta fue inmediata: —Si hay que hacerlo, deshaced mi trabajo y hacedlo mejor. Pocos días después, Frank empezó a retirar los primeros ladrillos de la bóveda. El sonido del martillo golpeando con una delicadeza casi imposible todavía permanece en mi memoria. Durante dos días deshicimos algo que nos había llevado semanas construir. Y, sin embargo, nunca sentí que estuviéramos destruyendo Kujiragama. Al contrario: aquellos ladrillos no volvían atrás. Estaban encontrando la forma correcta de permanecer allí durante muchas generaciones.
Cuando todos se fueron, Can Brull volvió a quedarse en silencio
Durante semanas siempre había alguien preparando café, mezclando mortero, moviendo ladrillos o preguntando qué hacía falta. De pronto ya no había nadie. La casa parecía más grande. El taller también. Pero Kujiragama seguía allí. Por primera vez desde que habíamos empezado a construirlo, dejó de ser un proyecto para convertirse simplemente en una presencia cotidiana. Ocupaba su lugar en el paisaje con una naturalidad casi extraña, como si siempre hubiera estado allí esperándonos.
Era imposible mirarlo sin pensar en todas las personas que habían dejado algo entre aquellos ladrillos. En Taiga, Eito y Fumi. En Frank. En quienes viajaron desde distintos lugares del mundo para trabajar con nosotros. En las conversaciones alrededor de la mesa, en las comidas compartidas, en las dudas, en los cambios de plan y también en las decisiones difíciles.
Kujiragama seguía allí, sosteniendo entre sus ladrillos la historia de todas las personas que lo habían hecho posible.
El fuego todavía estaba por venir.

Más información sobre este proyecto en: www.mkpotterystudio.com
Infocerámica agradece a Magali Kivatinetz, por la la ayuda prestada para la realización de este artículo
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