
Los autores, ceramistas y organizadores del centro Clay Kitchen Portugal, explican en este artículo lo que supone para ellos la participación en una cocción de leña, lo que podemos esperar y, por encima de todo, lo que podemos aprender de todo lo nos “dice” el horno durante una cocción
Todo ceramista comienza aprendiendo de otras personas
Por David Trueb e Irene Nunes
Un profesor enseña a centrar el barro en el torno. Un maestro explica cómo construir una forma, aplicar un esmalte o determinar la consistencia adecuada de una barbotina de porcelana. Los libros, los talleres y los años de práctica en el estudio permiten desarrollar progresivamente conocimientos técnicos y confianza.
Pero quienes eligen la cocción de leña pronto descubren que les espera otro maestro: el horno.
A diferencia de los hornos eléctricos o de gas, en los que la temperatura y la atmósfera pueden programarse y reproducirse con precisión, un horno de leña nunca es completamente predecible. Exige atención constante, paciencia y humildad. Plantea preguntas en lugar de ofrecer respuestas. Cada cocción es diferente y cada una enseña algo nuevo.
Esta filosofía está en el centro de Clay Kitchen Portugal, fundado por el ceramista David Trueb en la costa del Alentejo portugués. Más que un estudio de cerámica, es un lugar donde el horno se convierte en un participante activo del proceso creativo. El objetivo no es simplemente producir piezas bellas, sino comprender la relación entre el barro, el fuego, la leña, la atmósfera y el tiempo.
Para David Trueb, la cocción de leña representa una manera de trabajar que privilegia la observación sobre el control. El horno no puede apresurarse ni someterse a voluntad. Responde a innumerables variables: el tipo de madera, su grado de humedad, el ritmo de alimentación del fuego, las condiciones meteorológicas, la posición de cada pieza dentro de la cámara y el movimiento de las llamas y las cenizas. Incluso después de años de experiencia, cada cocción conserva un componente de incertidumbre.
Esa incertidumbre no se considera un defecto. Es la lección.
La cocción de leña invita a aceptar que el oficio no consiste en eliminar lo imprevisible, sino en aprender a trabajar junto a ello. El conocimiento técnico sigue siendo fundamental, pero la experiencia hace que el ceramista pase progresivamente de intentar dominar el proceso a aprender a escucharlo.
Quizá por eso la cerámica cocida con leña continúa fascinando a los artistas contemporáneos, a pesar de la precisión que ofrecen los hornos eléctricos y de gas. La tecnología moderna permite obtener resultados controlados y constantes; la cocción de leña propone algo diferente: colaborar con las fuerzas naturales.
A medida que las llamas atraviesan el horno, arrastran cenizas que se depositan sobre las piezas. A altas temperaturas, estas cenizas se funden de manera natural sobre la superficie, generando esmaltes sutiles, texturas ricas y complejas variaciones cromáticas. Los niveles de oxígeno suben y bajan, el calor circula de forma irregular y cada estante del horno se convierte en un pequeño microclima. Cuando la cocción termina y el horno finalmente se enfría, ninguna pieza es exactamente igual a otra. El horno ha tomado sus propias decisiones.
Para muchos ceramistas, abrir un horno de leña sigue siendo uno de los momentos más emocionantes de todo el proceso de creación. A pesar de una preparación minuciosa, siempre existe un elemento de descubrimiento. Cada pieza cuenta la historia no solo de las manos que le dieron forma, sino también del fuego que la transformó.
Esta concepción determina los talleres que se realizan en Clay Kitchen Portugal. Los participantes no se limitan a observar una cocción: forman parte de ella. Preparan la leña, cargan el horno, organizan los turnos de cocción, controlan las temperaturas durante el día y la noche y experimentan directamente el ritmo físico de mantener encendido un fuego durante muchas horas.
En esos momentos, el aprendizaje se produce de maneras inesperadas. El horno enseña paciencia porque no existen atajos. Enseña atención porque pequeños cambios pueden tener consecuencias duraderas. Enseña colaboración porque una cocción satisfactoria depende del trabajo conjunto de muchas personas. Y, quizá sobre todo, enseña aceptación. No todos los resultados coincidirán con la intención inicial, y a menudo es precisamente ahí donde comienzan los mayores descubrimientos.
El ambiente que rodea un horno de leña refleja esta manera de entender el trabajo. Las conversaciones surgen mientras se alimenta el fuego. Las comidas se comparten entre los distintos turnos. El silencio adquiere tanto valor como la conversación. Las largas horas compartidas generan de manera natural un sentimiento de comunidad, no porque la colaboración sea impuesta, sino porque la propia cocción la exige.
Esta es una de las características fundamentales de Clay Kitchen Portugal. El estudio no separa el aprendizaje técnico de la experiencia humana. Ambos se convierten en una misma cosa. Hacer cerámica implica compartir tiempo, intercambiar conocimientos, resolver problemas juntos y aprender a observar en lugar de limitarse a reaccionar.
En muchos sentidos, el horno se convierte en el cuarto maestro. El primero es el propio barro, que revela constantemente sus posibilidades y limitaciones. El segundo es el ceramista experimentado que transmite generaciones de conocimiento acumulado. El tercero es la comunidad de artistas, cuyas preguntas y perspectivas enriquecen cada conversación. El cuarto es el fuego.
A diferencia de cualquier maestro humano, el fuego no ofrece explicaciones. Solo deja evidencias: en la superficie de una pieza, en el color de un esmalte de cenizas, en las marcas producidas por las llamas o en la belleza inesperada de un resultado que nadie podía haber previsto.
Cada cocción se convierte así en un diálogo entre intención y azar. Cada pieza es el registro de esa conversación. Y cada ceramista termina comprendiendo que el horno nunca deja realmente de enseñar.

Más información sobre este proyecto en: www.claykitchenportugal.com
Infocerámica agradece a David Trueb y Irene Nunes por la la ayuda prestada para la realización de este artículo
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