Miguel Molet

by Infocerámica

Escultura cerámica de Miguel Molet

Miguel Molet (Albelda, Huesca, 1966) tiene una larga trayectoria pero, además, cuenta con una bien merecida fama especialmente entre los ceramistas, de ceramista íntegro. Y es que, ciertamente, su lenguaje plástico posee una cualidad esencial y sincera, libre de ornamentos innecesarios

 

El giro más allá del torno

Wladimir Vivas

 

Esta obra, de aparente simplicidad, revela una gran madurez y una intensa conciencia del material y de los procesos. Molet ha desarrollado en muchas de sus series una expresión marcada por el movimiento, la transformación y la necesidad continua de investigar nuevas posibilidades formales. Sin embargo, esa evolución permanente no ha supuesto una ruptura con su propio lenguaje, más bien al contrario, sus piezas mantienen una identidad profundamente reconocible, basada en la sobriedad y la tensión de la línea, pero manteniendo siempre una relación muy física con el barro y sus procesos.

Desde comienzos de la década de 2010, uno de los ejes centrales de su trabajo ha sido la torsión de la pieza. “Darle la vuelta al barro”, como él mismo explica. A partir de ese gesto inicial, Molet ha ido desarrollando sucesivas series donde el volumen deja de entenderse como una masa cerrada para convertirse en una estructura abierta, dinámica y casi “dibujada” en el espacio. Sus esculturas más recientes llevan todavía más lejos esa idea, introduciendo torsiones cada vez más complejas y exigentes técnicamente, hasta el punto de obligar al barro a moverse cerca de su límite físico.

En estas obras aparece con claridad una de las cualidades más singulares de su trabajo: la sensación de que las piezas no están simplemente construidas, sino trazadas. Las curvas y líneas generan ritmos visuales que recuerdan a la escritura, a signos o grafismos que se despliegan en el espacio. El propio Molet reconoce esa relación con el trazo y con ciertas formas de escritura antigua, entendidas como una expresión artística nacida directamente del gesto.

Aunque la forma ocupa siempre el centro de su investigación, el tratamiento de la superficie desempeña también un papel fundamental. Tradicionalmente vinculado a las terras sigillatas, los acabados satinados y las atmósferas ahumadas, Molet ha desarrollado una relación muy precisa con el color y con los efectos de los acabados en la superficie de las esculturas. Para él, el exceso de brillo puede destruir la tensión de la línea, apagar las sombras y debilitar la presencia escultórica de la pieza. De ahí su preferencia por superficies mates o suavemente satinadas, donde la luz permanece contenida y acompaña al volumen sin imponerse sobre él.

En sus trabajos más recientes ha comenzado a introducir nuevos acentos cromáticos, incorporando colores que anteriormente apenas aparecían en su producción. Sin embargo, incluso ahí, el color nunca funciona como un elemento decorativo autónomo, sino como una prolongación de la propia forma. “El color también es volumen”, señala el artista.


Miguel Molet: “El color también es volumen”


Esa contención formal conecta además con una tradición escultórica muy concreta. Molet reconoce la influencia de la gran escultura europea de posguerra, especialmente figuras como Jorge Oteiza o Eduardo Chillida, cuya concepción austera y esencialista de la forma parece resonar en buena parte de su trabajo. Frente a ciertos lenguajes más exuberantes o efectistas, su obra mantiene una voluntad de depuración donde prevalece siempre la estructura y la tensión interna de la pieza.

Sin embargo, esa búsqueda de control convive constantemente con la incertidumbre propia del proceso cerámico. Molet trabaja desde un delicado equilibrio entre dominio técnico y accidente, especialmente en las piezas donde intervienen humo, fuego o variaciones de atmósfera. Aunque evita que los efectos superficiales dominen la obra, tampoco elimina completamente el azar. Siempre permanece un pequeño espacio para que el material dialogue y responda.

Quizá uno de los aspectos más significativos de su trayectoria sea precisamente esa negativa a instalarse en una solución definitiva. El propio artista reconoce que necesita seguir evolucionando, cambiar de series, probar nuevas posibilidades y asumir riesgos, incluso aunque eso implique errores, roturas o incertidumbre. Al no depender estrictamente del mercado, Molet ha podido preservar una libertad poco habitual, permitiéndose trabajar desde la investigación y no desde la repetición.

Esa actitud convierte su obra en algo profundamente vivo. Cada nueva serie parece surgir como una continuación natural de la anterior, pero también como un desplazamiento hacia otro lugar. Sus esculturas conservan constantes reconocibles —la pureza de línea, la tensión del trazo, la sobriedad material—, pero nunca se repiten exactamente.

En una época donde gran parte de la producción contemporánea busca la identificación inmediata, Miguel Molet continúa defendiendo una cerámica abierta al proceso, al cambio y a la duda. Una obra silenciosa y contenida, donde el barro todavía conserva la capacidad de convertirse en gesto, escritura y pensamiento.


www.miguelmolet.com


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Infoceramica agradece a Miguel Molet por la ayuda prestada para la realización de este artículo.


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