Torres de vida

by Infocerámica

El proyecto Torres de vida, coordinado por Lucía Loren junto al alfarero José María Olarte y el naturalista Andrés Garzón, propone crear esculturas cerámicas que proporcionen agua y refugio a distintas especies en Navarrete (La Rioja). La iniciativa combina tradición alfarera, biodiversidad y participación ciudadana dentro del programa Trazas Vivas, dedicado al Camino de Santiago Francés


Un jardín en el camino

Proyecto coordinado por Lucía Loren. “Trazas Vivas”, Navarrete (La Rioja), 2026


 

“T

orres de vida” es una propuesta artística participativa que relaciona la cultura alfarera de Navarrete (La Rioja) con la biodiversidad de su entorno. Coordinada por Lucía Loren, contó con la colaboración del alfarero José María Olarte y del naturalista Andrés Garzón. Su objetivo era crear colectivamente varias esculturas cerámicas que ofrecieran hábitat, refugio y agua a insectos polinizadores, pequeños vertebrados y plantas.

La iniciativa partió de la idea de hospitalidad hacia otras formas de vida con las que se comparten caminos y paisajes. En un contexto de múltiples crisis ambientales, el proyecto propuso que la cerámica, además de su dimensión artística y cultural, pudiera cumplir una función práctica en el cuidado de los ecosistemas cercanos.

Se eligió Navarrete por la importancia de la alfarería en la identidad de la localidad. Situada entre la sierra y el valle, en un cruce de caminos atravesado históricamente por una calzada romana y por las rutas del Camino de Santiago y el Camino Ignaciano, mantuvo una estrecha relación con su tradición artesanal. El uso de arcillas locales permitió desarrollar una economía doméstica ligada al paisaje y a los recursos del territorio.

“Torres de vida” conectó así la cultura alfarera con el patrimonio industrial, la biodiversidad y la peregrinación, entendida en este caso como un viaje hacia el encuentro con otras especies. Como referencia formal se tomaron las chimeneas de la producción alfarera, cuya estructura troncocónica se transformó en una serie de dispositivos pensados para distintas necesidades ambientales.

Un primer grupo de piezas fueron las “torres de agua”, vasijas que recuperaron sistemas de riego utilizados desde hace siglos en la Antigua Roma, Oriente Medio y África. Estos dispositivos aprovechan la porosidad y la capilaridad de la cerámica para liberar humedad de forma constante. Se colocan semienterrados cerca de las plantas, lo que reduce el consumo de agua, evita los encharcamientos y favorece que las raíces profundicen en el suelo, con el consiguiente beneficio para la salud y la resiliencia de las plantas.

Su fabricación contó con el asesoramiento técnico y artístico de José María Olarte y la participación del alumnado de su escuela de alfarería. De este modo, los conocimientos propios del oficio se pusieron al servicio de una necesidad ambiental mediante un proceso de creación compartida.

El segundo grupo, las “torres de biodiversidad”, estaba destinado a dar refugio a insectos polinizadores, como abejas solitarias y mariposas, y a pequeños animales que contribuyen al control natural de plagas. También se elaboraron con el asesoramiento de Olarte y la participación de su alumnado, y se sumó la colaboración de la juventud de Navarrete a través de un taller de biodiversidad impartido junto a Andrés Garzón.

El proyecto prestó especial atención a las abejas solitarias, fundamentales para la polinización. A diferencia de las abejas sociales, las hembras de estas especies construyen individualmente los nidos para sus larvas, utilizando cavidades en madera vieja, huecos de juncos o ramas y túneles en el suelo. Los refugios artificiales facilitan la construcción de estos nidos y favorecen puestas más numerosas. El documento del proyecto recogió las aportaciones de Óscar Aguado en su Guía de campo de los polinizadores de España (2017), que subraya tanto la importancia de estos refugios como la necesidad de proteger los hábitats de las abejas solitarias, cuyas dietas especializadas están relacionadas con la fenología de determinadas plantas.

Entre las especies presentes en el entorno que se tuvieron en cuenta figuraban varias abejas solitarias (Xylocopa valga, Xylocopa cantabrita, Xylocopa iris, Chelostoma florisomne, Andrena hispania y Andrena flavipes), la mariposa Papilio machaon y diversos dípteros, entre ellos Sphaerophoria scripta, Eristalis arbustorum y Stratiomys longicornis. Para favorecer su presencia se instalaron troncos perforados con agujeros de diferentes diámetros y a distintas alturas, adaptados a las necesidades de cada especie.

Las esculturas incorporaron además espacios para pequeños vertebrados. Se previó crear refugios para lagartijas, reptiles que ayudan a controlar las poblaciones de insectos y pequeños mamíferos que pueden afectar a los cultivos hortícolas. Estos refugios se situaron en la parte baja de las piezas, protegidos de culebras y otros depredadores, con orificios de entrada de 12 milímetros de diámetro en las paredes verticales y cortezas y ramas secas en el interior. Esta parte del proyecto se vinculó al control biológico de plagas y a la reducción del uso de pesticidas y productos químicos, cuyos efectos perjudican a los suelos, el agua, la biodiversidad y la salud.

La propuesta incluyó también un mapa virtual con las especies más representativas del entorno. Este recurso permitió desarrollar actividades educativas y creativas relacionadas con la instalación y ofreció a los visitantes referencias para reproducir algunas de estas soluciones en sus propios jardines.

El proyecto contemplaba dos lugares para instalar las esculturas. El primero era el jardín del “Centro de Interpretación de la Alfarería y la Cerámica de Navarrete”, en el edificio de la antigua fábrica de Fansa. Este espacio, dedicado a difundir los aspectos históricos, etnográficos, culturales y artísticos de la tradición alfarera local, cuenta con plantaciones de especies melíferas que atraen a los polinizadores. Su carácter turístico y educativo daría visibilidad a la instalación, y el recinto cerrado facilitaría la protección y el mantenimiento de las piezas.

La segunda opción era el entorno de las ruinas del Hospital de San Juan de Acre, en el Camino de Santiago. El edificio fue construido por encargo de María Ramírez en el siglo XII para dar cobijo a peregrinos, personas pobres y transeúntes, y esa función de acogida guarda relación directa con el propósito de “Torres de vida”. Desde el punto de vista ecológico, el entorno cuenta con vegetación adecuada para los refugios de biodiversidad y se complementaría con un jardín de plantas melíferas, como romero y tomillo. El documento señalaba, sin embargo, algunas dificultades de esta ubicación: la exposición a las condiciones meteorológicas, el riesgo de vandalismo o sustracción y las necesidades de mantenimiento de las torres de agua.

“Torres de vida” formó parte de “Trazas Vivas: arte colaborativo, memoria y paisaje en el Camino de Santiago Francés”, iniciativa de la Asociación de Municipios del Camino de Santiago (AMCS) con dirección artística de Cecilia Pereira Marimón. El programa articuló arte contemporáneo, participación ciudadana y revitalización rural en el entorno del Camino, declarado Patrimonio Mundial, y se enmarcó en las ayudas del Ministerio de Cultura para proyectos culturales con especial impacto social.

Mediante la colaboración entre artistas, artesanos, naturalistas y vecinos de Navarrete, “Torres de vida” planteó una intervención en la que la tradición cerámica sirvió para acercar el conocimiento de la biodiversidad y promover el cuidado del paisaje compartido.



Fotos: Lucía Loren, Juanjo Acobi y Carlos Cordón

Infoceramica agradece a Lucía Loren, José María Olarte y a Andrés Garzón por la ayuda prestada para la publicación de este artículo.


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