
Josep Maria Mariscal trabajando al torno
Cada verano se celebran festivales por todo el mundo que reúnen a ceramistas de distintos países. Un tipo de eventos que, sobre el papel, suena fantástico. Pero me surge una pregunta inevitable: ¿qué criterios se utilizan para invitar a los artistas? Hoy en día, en cerámica —como en tantos otros campos—, el criterio que más pesa a la hora de invitar a un artista a un festival, a un curso o a una residencia parece ser el número de seguidores en Instagram. Y eso me preocupa
Los festivales, los invitados y los criterios
Maite Ayllón
Un ceramista no es mejor ni peor por tener más o menos visibilidad en las redes. Sin embargo, la realidad es que organizadores de festivales y talleres tienen en cuenta ese número, y es comprensible: un artista con muchos seguidores ayuda a llenar el evento. Es lógico desde el punto de vista comercial. Pero ¿es justo desde el punto de vista artístico?
Seguro que a todos nos vienen a la cabeza, ahora mismo, dos listas mentales: la de los ceramistas que admiramos profundamente y que pasan desapercibidos en redes, y la de aquellos que tienen miles de seguidores pero cuyo trabajo nos genera más dudas que certezas. No lo digo con mala intención —cada uno tiene su camino— pero sería deshonesto no reconocerlo.
Seré la primera en reconocerlo: las redes sociales abren una ventana enorme al mundo. Gracias a ellas puedes llegar a personas que jamás habrían oído hablar de ti, cruzar fronteras sin moverte del taller. Son una herramienta poderosa. Pero no se puede llegar a todo. Ser un buen ceramista ya es suficientemente exigente. Serlo y además ser buen comunicador, saber editar vídeos, mantener una presencia constante en varias plataformas, construir una narrativa que enganche… es una carrera paralela que consume tiempo, energía y recursos.
Hay ceramistas que, siendo quizás menos sobresalientes en el oficio, son excelentes comunicadores y han sabido construir una comunidad fiel. Y eso tiene su mérito. Pero no deberíamos confundir visibilidad con excelencia.
La moda coreana y la memoria mediterránea
Y si hablamos de visibilidad y de modas, no puedo dejar de mencionar algo que se ve en todas partes últimamente: la cerámica coreana. Formas minimalistas, superficies austeras, una estética serena que conecta con cierta sensibilidad contemporánea. Está bien, genuinamente bien, que tenga el reconocimiento que merece. Es una tradición bellísima y profunda. Pero me pregunto si, en ese entusiasmo, no estamos mirando demasiado lejos y olvidando lo que tenemos delante.
Porque hay una herencia cerámica en los países del arco mediterráneo que no necesita ponerse de moda porque nunca ha dejado de existir. Una herencia que se transmite en los gestos, en las manos, en la manera de pararse delante del torno

José María Mariscal torneando
¿Has visto la pinza?
Un alfarero turco, uno español, uno italiano, uno marroquí. Ninguno ha compartido profesor. Ninguno ha asistido al mismo curso. Y sin embargo, todos hacen la misma pinza. El mismo gesto preciso, eficaz, heredado. ¿De dónde viene eso? Del Imperio Romano. Fue en su gran maquinaria productiva —con la fabricación masiva de ánforas, lucernas, vajilla para abastecer a un imperio— donde se forjó una manera de tornear rápida, funcional y tremendamente eficiente. Esa técnica quedó impregnada en los territorios que Roma tocó, y se transmitió de maestro a aprendiz, de padre a hijo, de taller en taller, durante siglos.
Nuestra historia: muchos años picando piedra
Nosotros empezamos desde cero, como la mayoría. Primero aprender el oficio de verdad. Luego montar el taller. Después definir qué queríamos hacer y a quién queríamos vendérselo: tiendas en España y en el sur de Francia, ferias locales, ferias nacionales…
Del 2003 al 2008 fue todo definir producto, encontrar clientes, aprender a movernos. Y a partir de ahí empezó a fluir. A través de un foro de cerámica en inglés conectamos con apasionados de los esmaltes cristalinos. Y aquí viene algo que cuento sin vergüenza porque es la verdad: José, siendo un tornero extraordinario, fue conocido primero por sus esmaltes cristalinos. Así funciona a veces el mundo.
Desde entonces llegaron las ferias internacionales, los cursos… Un camino largo, construido ladrillo a ladrillo. En una feria le vieron tornear en una demostración y de ahí —como digo yo— a Hollywood: empezaron a llegarnos peticiones para impartir cursos en todas partes. Instagram y los cursos online vinieron mucho después. No al revés.
Hoy veo a muchos ceramistas jóvenes que se cansan. Quieren resultados rápidos, y es comprensible: ven que algunos, sin ser especialmente brillantes en el oficio, consiguen visibilidad gracias a las redes. Es tentador querer saltarse el camino. Al mismo tiempo, veo a ceramistas de generaciones anteriores —maestros de verdad, con un bagaje inmenso— que no saben ni cómo crear una cuenta de Instagram. Son extraordinarios en su trabajo, pero nadie los conoce más allá de su círculo cercano. Y eso es una pérdida enorme para todos.
Las escuelas que sí han mirado hacia dentro
Por eso quiero detenerme a reconocer a quienes llevan años haciendo lo contrario: poner en valor lo propio, apoyar al ceramista local, construir comunidad desde dentro.
La Escola de Ceràmica de La Bisbal, con Dolors Ros al frente, es un ejemplo que no necesita presentación para quien conozca el mundo de la cerámica en España. Dolors es, sin exagerar, maestra de maestros. Detrás de infinidad de ceramistas que hoy trabajan con voz propia hay un paso por La Bisbal, una conversación con ella, una corrección a tiempo. Ese tipo de magisterio silencioso y constante es el que sostiene un oficio.
Y junto a ella, escuelas como las de La Alcora o Muel, que con sus cursos y programas de formación han trabajado durante años para que los ceramistas españoles tengan visibilidad, para que el oficio no se pierda, para que las nuevas generaciones tengan referentes cerca y no solo al otro lado del mundo. A todo esto hay que sumarle el trabajo —muchas veces invisible, siempre necesario— de las asociaciones de ceramistas, que poco a poco van tejiendo redes, dando voz a quienes de otro modo quedarían en los márgenes.
¿De quién queremos aprender?
Este texto no pretende ser un juicio. Es solo una reflexión, tanto para escuelas y organizadores como para ceramistas y alumnos.
Antes de cruzar océanos en busca de inspiración o referentes, vale la pena mirar lo que tenemos en casa. Un alfarero de Úbeda, uno de Quart, uno de Talavera o uno de Muel llevan en las manos una memoria que no se aprende en un workshop de fin de semana. Llevan el Mediterráneo. Llevan Roma. Llevan siglos de barro que ha sabido adaptarse, sobrevivir y renovarse sin perder el hilo.
Hay tantísimos ceramistas de los que aprender. ¿Vamos a reducir esa lista solo a los que tienen más seguidores, o a los que están de moda? ¿O vamos a mirar más allá: el currículum, el bagaje, la generosidad con el conocimiento?
Cuando alguien decide invertir tiempo y dinero en un curso, debería hacerse una pregunta honesta: ¿voy a aprender algo, o solo voy a hacerme una foto?
Aprender de alguien bueno, alguien que sepa, que le guste lo que hace y que quiera compartirlo de verdad, eso no tiene precio. La fama, en cambio, se olvida en cuanto salimos por la puerta. El barro que llevas en los dedos, no.
¿Qué piensas tú?

Escola de Ceràmica de La Bisbal (Girona)

Escola de Ceràmica de La Bisbal (Girona)
Más información sobre cursos y sobre la técnica de José Mariscal en:
Infoceramica agradece a Mayte Ayllón por la realización de este artículo.



