
Todavía queda tiempo para visitar la exposición de Rafael Chacón en la sala de Exposiciones del Rectorado de la Universidad de Málaga, titulada Delicius Gardinum, con una producción a la altura del personal mundo del artista sevillano y con un comisariado cómplice a cargo de Agustín Linares, autor de este texto de presentación de la muestra
Delicious Gardinum
Texto de Agustín Linares Pedrero
Comisario de la exposición
D
elicious Gardinum, de Rafael Chacón, no comparece como una simple reunión de esculturas, sino como una experiencia de tránsito, una constelación simbólica donde cada pieza actúa como aparición, cifra y umbral. Quien entra en esta exposición no contempla meramente objetos: se interna en un jardín onírico, carnal y espiritual al mismo tiempo, un territorio de extrañeza seductora que se atraviesa como un sueño lúcido, donde cada paso despierta la imaginación y desajusta la percepción.
Figuras híbridas, cuerpos mutantes, cabezas extrañas y criaturas ambiguas que parecen surgir de un sueño, aunque sin perder del todo su relación con el mundo real. No son fantasías evasivas, sino formas que rozan lo inquietante y que convierten lo imaginario en una vía transitable. Nada se ofrece de manera plena o transparente; las obras parecen custodiar siempre un resto, una verdad interior que no se deja poseer del todo. De ahí que pueda hablarse de una poética del acceso restringido, pues Chacón no entrega, administra; no exhibe, insinúa. Su obra obliga a atravesar un umbral interpretativo y a aceptar que toda revelación exige límite, mediación y espera.
En ese contexto, la cerradura –o el orificio– deja de ser un motivo formal para convertirse en una auténtica tesis visual. No clausura, provoca. Activa una tensión entre lo visible y lo velado, entre lo que comparece y lo que se sustrae. La llave, por tanto, no es un objeto literal, sino una operación imaginativa que cada espectador debe construir por sí mismo. La exposición se ofrece, así, como una trampa hospitalaria. Invita a entrar, pero desde el primer instante altera el régimen de la mirada. La cortina, a modo de lluvia dorada, no solo da la bienvenida: impone un rito de acceso, una pequeña ceremonia perceptiva que prepara al visitante para un espacio donde lo delicioso no remite a una belleza dócil, sino a una fascinación ambigua. Este jardín seduce, sí, pero también inquieta. En él reverberan ecos del barroco, del surrealismo, del kitsch, de lo popular y de lo devocional, no como repertorio de citas, sino como materiales transformados en una sintaxis singular donde lo brillante adquiere un temblor inquietante y lo ritual reaparece atravesado por la ironía.
Para leer este jardín —que no es un jardín, sino una topología afectiva— debemos activar formulaciones múltiples; el jardín como símbolo, la metamorfosis como crecimiento, el bestiario como afín, el deseo como disfraz, lo onírico como atmósfera, la inocencia como ofrenda, entre otros. Todo esto ayuda a leer una exposición que no se deja encerrar en una definición única y que funciona más bien como una red de sentidos, afectos y asociaciones, más cercano a un viaje –o transito– hacia lo divino, en una suerte de virtuosismo conceptual y estético.
Las figuras de Chacón emergen en ese espacio como criaturas liminares: cabezas zoomorfas, cuerpos híbridos, anatomías desplazadas, presencias que oscilan entre lo solemne y lo grotesco. Lo decisivo es que no aparecen como monstruos radicalmente ajenos, sino como formas cercanas y perturbadoras al mismo tiempo. Por eso sus figuras habitan un territorio intermedio entre la máscara y el rostro, entre el juguete y el ídolo, entre la caricatura y la reliquia. Muchas de estas presencias no parecen actuar, sino oficiar. No pertenecen al orden del personaje, sino al de la liturgia incompleta, al de una procesión suspendida cuya intensidad persiste, aunque su sentido se haya desplazado.
No expresan una psicología, sino una carga simbólica y atmosférica. En ese punto, el antropomorfismo de Chacón no humaniza a lo animal, sino que desestabiliza la forma humana misma, la fragmenta, la parodia, la vuelve incierta. Así, la belleza de lo insólito no desemboca en la complacencia, sino en una experiencia más densa, donde el sueño no suaviza la realidad, sino que la intensifica y la devuelve bajo una luz oblicua. Todo ello se articula mediante una verdadera dramaturgia del paseo. El visitante no observa piezas aisladas, sino que atraviesa una secuencia de atmósferas —umbrales, purgatorios, procesiones, bosques, y ascensos— que convierten la muestra en una experiencia inmersiva.
Delicious Gardinum no se deja consumir con rapidez ni reducir a una lectura unívoca: seduce, perturba y obliga a mirar de otro modo. Ahí radica su potencia: en hacer de la forma un rito de paso, del ornamento una inquietud y de la imaginación una vía para pensar, simultáneamente, lo divino y lo carnal.

La exposición abre sus puertas el 24 de abril y podrá visitarse hasta el 20 de junio.
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Infoceramica agradece al Rectorado de la Universidad de Málaga y a Rafael Chacón la ayuda prestada para la realización de este artículo.


