
Vasija Jōmon de corona del yacimiento Sasayama, Tōkamachi (Niigata), Tesoro Nacional japonés, expuesta en el Museo Municipal de Tōkamachi.
Presentamos hoy el programa de publicación de la nueva sección dedicada a la cerámica japonesa, que se extenderá probablemente a los largo de los próximos meses. Como se puede ver, empezaremos dedicando nuestra atención a la historia, sin descartar en el futuro ampliar la mirada a otros aspectos de la cultura cerámica de Japón
Resumen de un proyecto
Wladimir Vivas
La cerámica japonesa tiene una de las trayectorias más largas y ricas del mundo, con más de 16.000 años de continuidad, que pretendemos ir estudiando en esta serie de artículos. Iremos desgranando las claves de cada uno de los períodos que los especialistas han establecido, desde el Jōmon hasta la actualidad, en un viaje riguroso a través de una cultura cuya influencia en la cerámica occidental es indiscutible, a pesar de seguir siendo muy desconocida.
Esta serie de artículos tiene una intención que quizá sea demasiado optimista, ya que pretendemos ofrecer una muestra, necesariamente somera, que permita no obstante el conocimiento de la evolución de la cerámica japonesa desde el neolítico hasta nuestros días. Obviamente esto significa la publicación de decenas de artículos, así que hablamos de una sección que nos acompañará durante largo tiempo.
Aprenderemos juntos las claves que hacen que la cerámica japonesa tenga algunas características únicas en el mundo, como el hecho de que hoy en día siga habiendo ceramistas que continúan haciendo cerámica como hace 500 años, pero no desde un planteamiento de reproducción de una cultura pasada, sino con un sentido de continuidad y contemporaneidad. También el respeto a la tradición que, no obstante, le permite adoptarla y, en último termino, transformarla, sin que eso suponga una traición, más bien al contrario: la tradición evoluciona gracias al respeto.
La cerámica japonesa refleja asimismo una situación casi única de Japón, condicionada por su insularidad, la homogeneidad casi completa de su cultura, su capacidad para “apropiarse” de todo lo que podía enriquecer su propio desarrollo y, durante siglos, el aislamiento político decretado de forma absoluta. Estos elementos hacen que el desarrollo de su cerámica se pueda ver desde la perspectiva de siglos como algo muy lineal, como un desarrollo en parte lógico: de la cerámica neolítica a las primeras decoraciones y formas complejas, los primeros esmaltes “de baja” que se transformarían, posteriormente, en esmaltes de alta temperatura, la introducción del gres y la porcelana de China y Corea, la consolidación de una estética propiamente japonesa ligada al té y al wabi-sabi y, finalmente, su proyección global y la influencia también del arte contemporáneo occidental en la cerámica actual japonesa.
Como adelanto de lo que encontraremos en esta serie de artículos, podemos adelantar que su estructura, aunque abierta a cambios, será la siguiente:
Periodo Jōmon (circa 14.500-300 a.C.): el principio de todo
La cerámica de la cultura Jōmon, producida en Japón entre alrededor del 14.500 y el 300 a.C., figura entre las manifestaciones cerámicas más antiguas conocidas. El término Jōmon puede traducirse como “impresión de cuerda” y hace referencia a los motivos decorativos obtenidos al presionar cordeles trenzados sobre la superficie de la arcilla aún fresca. Estas piezas, elaboradas manualmente sin torno, estaban destinadas principalmente a tareas cotidianas como la cocción y el almacenamiento de alimentos. A medida que avanzó el periodo, y especialmente durante el Jōmon medio, los repertorios ornamentales adquirieron una complejidad creciente, alcanzando su máxima expresión en los célebres recipientes de “estilo flameante”, caracterizados por espectaculares bordes sinuosos y volumétricos. Junto a estas vasijas sobresalen las figuras denominadas dogū, esculturas de apariencia esquemática y misteriosa que, según se cree, desempeñaron funciones de carácter ritual o simbólico.
Periodo Yayoi (c. 300 a.C.-300 d.C.): el cambio de época
La cerámica Yayoi apareció en Japón paralelamente a la introducción del cultivo del arroz procedente del continente asiático. En contraste con el marcado carácter ornamental de la tradición Jōmon, este nuevo estilo se distinguió por una estética mucho más austera y funcional, caracterizada por superficies poco decoradas, perfiles equilibrados y formas de gran regularidad, posiblemente realizadas con algún tipo de torno primitivo. Cocidas a temperaturas relativamente bajas, las piezas presentaban tonalidades rojizas o anaranjadas y estaban destinadas tanto al almacenamiento y preparación de alimentos como a determinados usos ceremoniales. Esta simplificación formal no solo supuso una transformación artística, sino que reflejó cambios profundos en la sociedad japonesa, asociados al desarrollo de comunidades agrícolas sedentarias y a estructuras sociales más complejas que las de los grupos de cazadores-recolectores del periodo Jōmon.

Cerámica del período Yayoi. 27 × 22 cm. Región de Kanto, Japón. (Foto: The Queensland Government’s Gallery of Modern Art)
Periodo Kofun (c. 300-538 d.C.): llega la alta temperatura
Durante este periodo, la cerámica japonesa conoció dos innovaciones decisivas. Por una parte, surgieron los haniwa, esculturas de terracota sin vidriar que se disponían sobre los grandes túmulos funerarios de las élites dirigentes. Estas figuras representaban personajes, animales, edificaciones o embarcaciones y cumplían funciones simbólicas vinculadas al ritual funerario y a la memoria de los difuntos. Por otra, la introducción desde la península de Corea de la cerámica sueki marcó un importante avance técnico. Cocidas a altas temperaturas en hornos de cámara alargada excavados en las laderas, conocidos como anagama, estas piezas se caracterizaban por su color grisáceo, gran dureza y elevada resistencia. La adopción de esta tecnología transformó profundamente la producción cerámica japonesa y sentó las bases para el desarrollo posterior de las tradiciones de gres que llegarían a convertirse en uno de los rasgos distintivos de la cerámica del país.
Periodos Asuka y Nara (538-794): los primeros vidriados
La introducción del budismo en Japón a través de China y Corea, durante los periodos Asuka y Nara, trajo consigo importantes avances en el ámbito de la cerámica, entre ellos el conocimiento de las técnicas de vidriado. En este contexto apareció la cerámica sansai (“tres colores”), claramente inspirada en las prestigiosas producciones sancai de la dinastía Tang china. Estas obras se distinguían por la aplicación de esmaltes plúmbeos en tonalidades verdes, amarillas y blancas o pardas sobre cuerpos de gres, creando superficies de gran riqueza cromática. Su producción estuvo estrechamente ligada a la corte, a las prácticas religiosas y a determinados usos funerarios, más que a la vida cotidiana. La cerámica sansai constituye un ejemplo significativo de la intensa influencia cultural ejercida por el continente asiático en aquellos siglos, cuando Japón adoptaba modelos chinos y coreanos considerados sinónimo de refinamiento técnico y prestigio social.
Periodo Heian (794-1185): la revolución del gres
Durante este periodo aparecieron en Japón los primeros greses cubiertos con vidriados de ceniza vegetal, elaborados principalmente en la región de Owari, en la actual prefectura de Aichi. Estas producciones constituyen el antecedente más remoto de la tradición cerámica que más tarde daría fama a Seto. Los esmaltes se originaban de manera espontánea durante la cocción a alta temperatura, cuando la ceniza procedente de la leña se depositaba sobre las piezas y se fundía en su superficie, creando recubrimientos vítreos de tonalidades verdes, amarillas y pardas. Al mismo tiempo, la sofisticada cultura cortesana del periodo Heian mostró una marcada admiración por las cerámicas y porcelanas importadas de China, consideradas símbolos de refinamiento y prestigio. La presencia de estos valiosos objetos extranjeros impulsó indirectamente el perfeccionamiento de las técnicas locales y contribuyó al desarrollo de una tradición cerámica cada vez más compleja y especializada.
Periodo Kamakura (1185-1333): los “Seis Hornos Antiguos”
Durante el periodo Kamakura quedaron plenamente consolidados los llamados Rokkoyō, o Seis Hornos Antiguos de Japón: Seto, Tokoname, Echizen, Shigaraki, Tamba y Bizen. Cada uno de estos centros desarrolló una personalidad propia a partir de las características de sus arcillas locales y de los efectos generados por la ceniza de los hornos de leña, produciendo greses de gran solidez y una marcada estética natural. Entre ellos, Seto ocupó una posición singular al convertirse en el único centro que elaboró de forma sistemática piezas vidriadas, inspiradas en las prestigiosas cerámicas chinas que gozaban de gran demanda entre las élites japonesas. Este periodo fue decisivo para la configuración de tradiciones regionales diferenciadas, estableciendo las bases técnicas y estéticas de muchas de las escuelas cerámicas que continuarían desarrollándose a lo largo de los siglos posteriores.

Gran jarra Tamba del siglo XV. 51,2 cm. parcialmente esmaltado con cenizas naturales. Kyoto Folk Crafts Museum.
Periodo Muromachi (1336-1573): nace el wabi-sabi
El desarrollo de la ceremonia del té (chanoyu) y la creciente influencia del budismo zen transformaron profundamente los criterios estéticos de la cultura japonesa. Frente a la perfección formal y el lujo asociados a las porcelanas chinas, comenzó a valorarse una belleza basada en la sencillez, la naturalidad y la imperfección, principios que más tarde se identificarían con la sensibilidad wabi-sabi. En este contexto, los cuencos coreanos Ido chawan, originalmente destinados a usos cotidianos, fueron apreciados por los maestros del té por su apariencia austera, sus formas irregulares y la profundidad expresiva de sus superficies. Inspirados por estos ideales, diversos centros cerámicos japoneses, especialmente Bizen y Shigaraki, orientaron su producción hacia piezas que resaltaban las cualidades naturales de la arcilla, las huellas del fuego y los efectos fortuitos de la cocción. Las irregularidades, lejos de considerarse defectos, pasaron a entenderse como elementos esenciales de una belleza auténtica y profundamente vinculada a la experiencia espiritual y contemplativa.
Periodo Azuchi-Momoyama (1573-1603): la edad de oro del té
Impulsados por maestros del té como Sen no Rikyū, surgieron estilos cerámicos fundamentales como el Raku, concebido expresamente para la ceremonia del té y caracterizado por sus formas irregulares, esmaltes negros o rojizos y cocción a baja temperatura. En la región de Mino, heredera de Seto, se desarrollaron también los estilos Shino, con gruesos esmaltes blancos y ocasionales decoraciones en óxido de hierro; Oribe, con vivos esmaltes verdes y motivos pintados a pincel; Ki-Seto, de tonos amarillos suaves; y Setoguro, de intensos esmaltes negros ricos en hierro obtenidos mediante la extracción de las piezas del horno a alta temperatura. Todos ellos se alejaban de la simetría y la perfección formal para valorar la naturalidad y la espontaneidad.
Periodo Edo (1603-1868): nace la porcelana japonesa
Este periodo marca otro momento crucial. Tras las invasiones de Corea promovidas por Toyotomi Hideyoshi entre 1592 y 1598, numerosos alfareros coreanos fueron trasladados a Japón. Entre ellos destacó Yi Sam-pyeong, quien hacia 1616 identificó depósitos de caolín cerca de Arita, en la región de Hizen (actual Saga). Este descubrimiento hizo posible la fabricación de las primeras porcelanas japonesas. A partir de entonces surgieron importantes centros y estilos porcelánicos. La porcelana Imari alcanzó una gran difusión internacional gracias a su exportación a Europa a través de la Dutch East India Company. Kakiemon destacó por la delicadeza de sus decoraciones policromadas sobre un fondo blanco lechoso, ejerciendo una notable influencia sobre las manufacturas europeas. Nabeshima, por su parte, representó la producción más exclusiva y refinada, destinada principalmente a la aristocracia, mientras que Kutani se distinguió por sus intensas decoraciones en tonos verdes, amarillos y púrpuras. Con el desarrollo de estas porcelanas, Japón se incorporó plenamente a la gran tradición porcelánica de Asia Oriental y alcanzó un prestigio internacional que se mantendría durante siglos.
Periodo Meiji (1868-1912): apertura y exportación masiva
Con la apertura de Japón a Occidente tras la Restauración Meiji, la cerámica japonesa adquirió una dimensión global. El gobierno impulsó activamente su presencia en las exposiciones universales de Viena (1873), Filadelfia (1876) y París (1878 y 1889), lo que favoreció una producción de gran virtuosismo técnico y ornamental orientada al gusto occidental. Destacó especialmente la cerámica Satsuma, con su rica decoración policromada y dorada, que se convirtió en uno de los principales productos de exportación del periodo. Paralelamente, se incorporaron técnicas y formas procedentes de Occidente, al tiempo que se revalorizaban tradiciones históricas como Seto, Mino o Kutani, adaptándolas a las nuevas exigencias del mercado internacional.

Vaso Satsuma estilo Awata, Japón, finales siglo XIX. Cerámica con esmalte sobrecubierta y oro. 16,5 cm. Kioto.
Siglo XX: del Mingei a la contemporaneidad
El siglo XX introdujo dos corrientes fundamentales en la cerámica japonesa. El movimiento Mingei, impulsado por Yanagi Sōetsu junto a ceramistas como Hamada Shōji y Kawai Kanjirō, reivindicó la artesanía popular anónima frente al arte académico, defendiendo la belleza funcional de los objetos cotidianos hechos a mano. En paralelo, se instauró la figura del “Tesoro Nacional Viviente” para reconocer a los grandes maestros artesanos. Tras la Segunda Guerra Mundial, artistas como Suzuki Osamu, Matsui Kōsei o Kaneshige Tōyō fundaron el movimiento Sōdeisha, que amplió los límites de la cerámica al incorporar la abstracción, el pensamiento conceptual y nuevas formas de expresión plástica.
BIBLIOGRAFÍA:
The Rise of a Great Tradition. Varios Autores. Japan Society, New York, 1991.
Inside Japanese Ceramics. Richard Wilson. Weatherhill, New York & Tokyo, 1995.
Arte asiático. Varios Autores. H. F. Ullmann, Potsdam (Alemania), 2006.
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